Te lo confieso: los manuales de marca de hace cinco años eran un ladrillo inmamable. Todo era “tono cercano pero profesional” y un pánico absoluto a las crisis de PR. Las redes corporativas parecían escritas por un abogado de traje gris que no entendía cómo funcionaba internet.
Pero hoy entras a TikTok y te topas con el community manager de Ryanair mandándote al carajo porque pediste ventana en un vuelo de 15 dólares. Te ponen un filtro deformante, se ríen de ti, y lo más loco de todo no es que te insulten; es que el engagement se dispara por las nubes.
Bienvenidos al caótico y rentable mundo del shitposting corporativo.
El Búho psicópata y la hamburguesa agresiva
Si hacemos memoria, el génesis de esta locura empezó con Wendy’s en Twitter, cuando su equipo decidió quemar el brief y empezar a burlarse de sus seguidores y de la competencia. Descubrieron que, en la economía de la atención, una marca que se comporta como un troll de internet genera más hype orgánico que una pauta de dos millones de dólares.
Mi caso de estudio favorito hoy es Duolingo. Su mascota, el búho verde, no te explica las ventajas pedagógicas de aprender idiomas. En su lugar, persigue a Dua Lipa, hace trends bizarros y te lanza amenazas pasivo-agresivas si pierdes tu racha diaria.
Anatomía del fracaso
El shitposting funciona porque exige inmediatez e ironía. No es una plantilla de Canva que mandas a aprobar tras cinco rondas de revisión corporativa.
Si el copy tiene que pasar por el departamento legal, la broma ya nació muerta.
La marca ya no necesita parecer humana. Necesita entender internet.
Al final, esta tendencia nos revela una verdad incómoda: los consumidores saben que les quieres vender algo. Si no puedes ofrecerles el producto perfecto, al menos regálales un buen remate cómico para el scroll.